Asunto Impreso

Todos los fuegos

En Calma el fuego, de María Inés Bedia, una hija va construyendo la vida con los pedacitos que su padre deja desperdigados en cuadernos, va juntando ramitas, para el nido, la fogata, la pira sacrificial, la chimenea. En el camino, se va a haciendo ella ella, claro, inevitable. Mamá de otros, esposa o compañera, hermana. por SANTIAGO CRAIG


Acá estamos, encontrados y dispuestos a hablar de algo sin hablar de algo. Quiero decir, del libro sin hablar del libro. Quiero decir, sin spoilers. Tratemos.
Me gusta esta idea simple. La de encontrarse y evitar el tema central de la charla.
Está claro que lo que pasa entre el que lee y el que escribió es un encuentro. Postergado, puesto a disposición del azar por decir así. Es una forma un poco mágica de manipulación del tiempo. Una actualización constante de un presente que solamente existe mientras la lectura pasa. ¿Y en ese tiempo qué más puede haber que un dar vueltas amodorrado, un circundar de mosca rechoncho que demora y olvida el eje central del vuelo?
Nada que ver, o capaz que sí, pero cuando leí el título, Calma el fuego, que creo que era lo único que yo no conocía del libro de Maria Inés Bedia antes del libro (había accedido a su desarrollo por la suerte que a veces da asistir a escritores en sus procesos), pensé algo así: el fuego arde, siempre arde, pero cuando leemos el fuego se calma. Leer acompaña, desinflama y rompe la crispación del tiempo este insufrible del día a día. Leer calma el fuego. Lo pensé más sintético en realidad. Más bobo. Me parece que la frase exacta en mi cabeza fue: wow. Un fuego calmo, claro. Wow.

Al rato ya estaba en otra, leyendo el libro. Avanzaba y había cambiado de idea. No hay calma, acá. Hay fuego. Si uno busca. Hay fuego. Si uno lee, si uno cree, hay fuego. En la escritura, en el proceso de seguir a alguien en una historia, en una búsqueda, en una trama, pero sobre todo en una voz, no se calma el fuego. No se calma nada el fuego.
Es que este libro va soltando chispas encima de un mejunje que prende al toque. En las primeras cuatro páginas: Papá es un monstruo, es un psicólogo, mamá también, cantamos canciones de Jugate Conmigo a los gritos y en la canción, que es el mensaje en el contestador automático de un hijo a su padre ausente, dice cositas como: “Llamo para contarte que estoy más alto y salí campeón con ese equipo de fútbol, ¿te acordás, viejo? El perdedor…”.
“Te necesito para crecer, estás tan lejos, no sé qué hacer…”.
Viene intensa la mano. Y otra vez, en el libro, en el contestador, alguien para alguien hablando solo. El encuentro diferido. Es un libro intenso, pero también amable. Fuego. Quema y acompaña. El hogar y el incendio.
En la novela, una hija va construyendo la vida con los pedacitos que su padre deja desperdigados en cuadernos, va juntando ramitas, para el nido, la fogata, la pira sacrificial, la chimenea. En el camino, se va a haciendo ella ella, claro, inevitable. Mamá de otros, esposa o compañera, hermana. Dije que no contar. Así que no cuento.
Sigamos con lo del fuego. Lo de la vida. Fuegos de la vida compartida. Porque hay esos fuegos diminutos también. Uno se agarra de eso, sopla velas todos los años y la gente canta y apaga esos fueguitos. Aplaude a rabiar, saca fotos. Estampa las amistades felices, las familias. Apaga y calma, congela el fuego. Pedimos el deseo. Peor, pedimos tres. Solos y ensimismados, para adentro. No en voz alta, porque lo que se dice (en un libro, en una canción, en un cumpleaños), ya no pasa. Esa función suplementaria del lenguaje. Lo que decimos ya es algo, después, entonces, ¿para qué va a suceder?
En Calma el fuego, algo va pasando mientras se dice, pero sobre todo va pasando alguien. ¿Quién? ¿El padre? ¿La hija? ¿Quién aparece ahí con nosotros? Bueno, hay que leer el libro, ya quedamos, sin spoilers.
A lo mejor, lo que puede uno preguntarse es: ¿Leer es conocer a alguien? Yo creo que no. Yo creo que uno escribe más para esconderse que para mostrarse. Pero a quién le importa eso. A nadie. La verdad. Salvo quizás porque en este libro algo de eso me parece que se juega. La hija busca escribiendo lo que su padre dejó escrito. En cuadernos. Gloria naranja fuego. Como naranja es el libro, ¿vieron? ¿Notaron? María Inés dice que ni cuenta se dió de ese detalle. Y así el detalle es mejor.
No hay un yo, nunca. Hay siempre, en este tipo de libros, un nosotros. El tema del libro no es María Inés, me parece. No es el padre. No son los hijos nuevos. La familia. Aunque sí, pero no. El libro no es un cuaderno Gloria, aunque sí, pero no.
Hay una esperanza que nos habita siempre. Y que, spoiler alert, acá sí, perdón, les spoileo, es vana, quiero decir: imposible de satisfacerse. Ya saben ustedes igual, se imaginan. La esperanza de conocernos a nosotros. De saber quienes somos. Y peor, la de conocer a los demás.
Como si viviera adentro nuestro y de los otros un enigma a descifrar, un rollito de papel como esos de las galletas de la fortuna, una fortuna adentro, el ruido que hacen los muñecos a los que les apretás la panza. Una frase que diga lo que queremos, lo que somos.
Viene bien acá una frase de Felisberto Hernández que se cita en uno de los cuadernos: “Tengo que remar con todas mis fuerzas hacia el presente”. Y cada vez que la escritura dice yo, da esa sensación de alguien que se busca en círculos, ¿no? Que un poco se busca estando.
Entonces, dos asuntos en el que este libro con gracia se enrosca: Esa idea de que todos tenemos, en algún lugar, un secreto. Y la otra: un padre no se conoce nunca.
Este libro sabe las dos cosas, pero no se resigna. ¿Hay algo en un buen libro que no sea una búsqueda frustrada? Una búsqueda que encuentra otra cosa, a pesar suyo.
La literatura es encontrar siempre otra cosa.
No devela el misterio que quiere. Devela otro. Siempre otro.
Papá sabe. Dejó un cuaderno blanco. Un hueco y un espacio. Tal vez lo mejor que uno puede ser para los otros. Viento que aviva el fuego. La posibilidad de una historia.
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Santiago Craig
Nació en Buenos Aires. En 2017, editó Las Tormentas, un libro de relatos (Ed. Entropía) que fue uno de los cinco finalistas del Premio de Cuentos Gabriel García Márquez 2018 y obtuvo la primera mención en el Premio Nacional de Literatura. En 2018 publicó 27 maneras de enamorarse, su segundo libro de cuentos (Ed. Factotum). En 2020, publicó su primera novela: Castillos, por Editorial Entropía. Durante 2021, publicó el libro de relatos Animales (Ed.Factotum) y publicará el libro-álbum infantil Un coso en colaboración con Pablo Bernasconi, por editorial Limonero (ganador del I Concurso internacional organizado de Libro Álbum SoyAutor).
 

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