Luisa Valenzuela, una vez más, me interpela, me enrostra una pregunta, su pregunta y, también, la mía. ¿De dónde vienen las historias? Es una pregunta retórica, es una invitación a emprender el derrotero de las escrituras y es una advertencia, un aviso entre lúdico y esencial, casi místico (y mítico): es un “viaje hacia el centro de la ficción”. Y entonces, desde ese paratexto provocador, juguetón, paródico y potente, como en una odisea navego en las procelosas aguas de la escritura de Luisa.
Valenzuela (Buenos Aires, 1938) se ubica en el tiempo y desanda su vida signada, como las miguitas de Hansel y Gretel, por su voz (sus voces), por sus textos y por su mirada (sus miradas). Valenzuela lo sabe y lo enuncia con claridad; este libro combina en su escritura la ficción con datos históricos de su propia vida, y ello la ubica, la deja nacer y parece reconocerla: “Es esto sin duda el camino de la creación” (2024, 30). Y cita a Edward de Bono: “La creatividad es un modo de emplear la mente y manejar información. Tal es la función del pensamiento lateral. El pensamiento lateral tiene como fin la creación de nuevas ideas…” (2024, 30). Así, Valenzuela se ve y se coloca en el lugar de quien escribe y acerca de quien se escribe. Y en ese escribir va descifrando las teorías en sus prácticas escriturales. Desde aquí, afirma que se escribe desde el lugar de la alteridad, el yo (real) es el otro. Y Valenzuela se apresta a este juego; en la introducción dice: “La autora de estas páginas pertenece a la raza de escritores de ficción (y sobre todo de escritoras) que no tienen una trama como punto de partida…” (2024, 11).
Luisa Valenzuela se instala en la escritura y se “escribe” en y desde allí. Valenzuela postula que la escritura es un ser vivo, marcada, ella, por el ritmo y la respiración, propios de las palabras. La propuesta de la escritura, entonces, está signada por ciclos (o ciclones, según la intensidad de esas historias). Dice: “El lenguaje y el ritmo le ganaron a la imagen. El sonido, la respiración y la voz (las voces, la cosa suele ser polifónica) me van conduciendo por el laberinto hasta que por fin andando andando, frase tras frase, escena tras escena, doy con la salida…” (2024, 82).
Ubicada en la escritura, Luisa Valenzuela vuelve a decir que se escribe con el cuerpo y desde allí define su ser en el espacio que ocupa, y el de su escritura: “La felicidad es suprema cuando la historia fluye como manantial de agua clara…” (2024, 20). Pero esa felicidad no es rosa, no es un amante fiel. La felicidad de la escritura para Valenzuela es opaca, es dura. Dice: “La escritura es camino de ida hacia la opacidad del desconocimiento…” (2024, 20).
A lo largo del libro viajamos al fondo profundo de la escritura de Luisa y también al fondo de sus lecturas, de aquellas otras palabras que la invadieron y de las que ella se apropió y, una vez suyas, las comparte con sus lectores, renacidas.
En ¿De dónde vienen las historias? hay un orden cronológico de la publicación de los textos de Valenzuela. Y también hay clínica de escritura, análisis y reflexión. Este libro de Valenzuela es una nueva mirada retrospectiva de su obra pero también es un análisis propioceptivo que se proyecta en espiral sobre sí mismo. Por eso, este libro invita, empuja, provoca. Queremos leer lo que Valenzuela dice, queremos entender lo que la escritora propone, interpelamos las voces de sus historias, nos reencontramos con sujetos que creíamos mudos, ausentes, inexistentes o poco probables. Sin embargo ahí están, vuelven… O nunca se fueron del todo, como por ejemplo el Brujo o Perón.
Pero además de un viaje de y hacia la escritura, la suya, Valenzuela nos comparte el abracadabra de la literatura y habla de la patafísica como el puente lateral necesario atravesar para el conocimiento y la creatividad.
Dice: “La patafísica estudia las leyes que rigen las excepciones y explican el universo complementario…” (2024, 32). Esa teoría con la que coincide Valenzuela le permite reforzar su propio motor de escritura: el juego: “Formas de abordar la escritura, acercándose a ella con la liviandad del juego. Pero un juego en el que se nos va la vida…” (2024, 32).
La escritura es jugar, es jugar de verdad. La escritura es cosa seria. La escritura acerca historias, acerca caminos, deja crear y ver huellas y, lo más interesante, lo que le es muy propio es que la escritura de ficciones no da respuestas; siempre, siempre, abre preguntas.