Autores que han reflexionado sobre la pérdida hay muchos y muy buenos: el del duelo es, a esta altura, casi un género literario en sí mismo. En ese vasto territorio hay referentes indiscutidos, como Joan Didion, que narran la irrupción súbita de la ausencia. Pero no todas las pérdidas llegan de manera abrupta. Algunas avanzan lentamente, anunciándose durante meses o años. Ahora creemos en esas cosas, de Sonia Santoro, pertenece a esa otra tradición: la de los libros que narran la larga aproximación a la ausencia, y lo que sigue después. En esa otra genealogía posible, El verano que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Țîbuleac, es una novela feroz y conmovedora sobre el vínculo entre una madre y un hijo atravesados por el resentimiento, que encuentra en la cercanía de la muerte una inesperada posibilidad de reconciliación. Cada uno de esos libros intenta responder, a su manera, una misma pregunta: cómo convivir con la ausencia cuando ya no hay posibilidad de reparar lo perdido.