Asunto Impreso

"Donde crecí no existían los lectores"

"La pregunta de mi madre" de Luis Mey es una intensa pintura social de la adolescencia a partir de un viaje donde no todo es como se ve.

Escribir. Lo primero que hizo Luis Mey al volver a su casa casi de madrugada, cuando ya había respondido los llamados, los mails y los mensajes de felicitación por el Premio Ñ 10° Aniversario que ganó con su novela La pregunta de mi madre, fue sentarse a escribir un cuento. La excitación amontonada no lo dejaba dormir, y la mejor manera que encontró para intentar conciliar el sueño fue contar en clave de ficción el momento que acababa de vivir. “Si paso un día sin escribir la paso mal. Aunque sea diez líneas, una página, algo tiene que haber, porque disfruto muchísimo haciéndolo. En el peor de los casos, aunque sea algo pésimo, hay una lección ahí. Escribir es siempre positivo”, dice Mey, para quien el acto de escribir es tan natural como respirar. Lo hace desde siempre, y en su contabilidad registra 39 novelas escritas (tres de ellas ya publicadas) y tres en estado de gestación.

–¿Qué hacés con todas esas novelas?

–Ahí están… tal vez de diez, una por ahí es buena. Pero es que yo no sé escribir de otra manera. Tomo el consejo de Bolaño: creo en eso de que si estás escribiendo una novela tenés que empezar otra, porque se van a escribir más rápido, van a ser más honestas y van a competir entre sí como dos mujeres despechadas, y está bueno eso. Encontré que la vida real es mucho más dura en detalle y no hay manera de que tenga piedad con vos, así que lo mejor que puedo hacer es escribirla.

–Teniendo tantas novelas inéditas, ¿por qué decidiste presentar al concurso La pregunta de mi madre?

–Era la última que tenía escrita y la sentía como un bebé recién nacido, que uno ve hermoso, perfecto, aunque no lo sea. Mandé esa simplemente porque estaba ahí.

–En tu obra suele haber un componente autobiográfico. En Las garras del niño inútil contás la dura infancia de un chico de ocho años; en “Tiene que ver con la furia” (escrita en coautoría con Andrea Stefanoni) el protagonista es un librero, como vos. Ahora narrás el viaje a Mar del Plata de un adolescente que va detrás de una chica...

–Todos tuvimos un viaje a Mar del Plata, una chica con la que nos obsesionamos, un amigo que si no se llamaba Peine pegaba en el palo, y todos en algún momento vimos las cosas desde una óptica que no es. La novela técnicamente es eso: yo parto de algún dato fáctico real, que es terriblemente real –a veces hasta dudo mucho en contar cuál es la verdad y cuál es la ficción–, porque a partir del dato real hay variables para escribir la novela que se transforman en una mentira, y hay cosas que son ficción. Es un poco mentira, un poco ficción y es un poco de vivencias personales.

–Sos librero, tenés un trato cotidiano con lectores. ¿Cómo te imaginás a los tuyos?

–Eso se conecta con el tema de la infancia y la adolescencia. Crecí en un lugar en el que no existían los lectores; era rarísimo encontrar alguno. Entonces quienes me rodeaban estaban en un nivel de virginidad al respecto, de pureza total, y por eso me sigue sorprendiendo que allí se crearan un idioma y un lenguaje diferentes que no podías dejar de absorber. Por eso tal vez me cuesta imaginarme al que está leyendo, porque para mí las personas que existían eran no lectores, y esa es una marca indeleble, una cicatriz que no se borra jamás.