Asunto Impreso

En verdad quiero verte, pero llevará mucho tiempo

Falta muy poco para que comience el Taller de cuento a cargo del escritor Luis Mey.

Compartimos un capitulo de En verdad quiero verte, pero llevará mucho tiempo, su  nueva novela con la que cierra una trilogía no convencional y conmovedora que incluye Los abandonados y Las garras del niño inútil, todas publicadas por Factotum Ediciones.

Luis Mey (Buenos Aires, 1979) es además co-autor junto con Andrea Stefanoni de la novela Tiene que ver con la furia (Emecé) y próximamente llegará a las librerías La pregunta de mi madre, la novela con la que ganó el Premio 10° Aniversario de la Revista Ñ . El muchacho no para.

1.
Mi papá decía que hiciera algo. Cualquier cosa. Que aprovechase el día. Quería decir carpe diem, que significa eso, «aprovechá el día», pero lo decía en el español de mi barrio. Y no puedo reproducirlo.
Flor, mi hermana mayor, jugaba al ajedrez con su amiga del colegio. Las dos se tomaban muy en serio las dos cosas: colegio y ajedrez. Promedios perfectos; futuras abanderadas. Manejaban el cómo y el por qué estudiar que las propias maestras tomaban de parámetro. Y jugaban a algo que las mantuviera en la línea del aprendizaje cuando no había nadie que les enseñara nada. Había moscas y olor a tostadas y una heladera que abríamos y cerrábamos todo el tiempo, pero ninguna de las dos quitaba la mirada del tablero. Yo, lo sabían, no tenía idea de qué estaban haciendo, en realidad. Yo era una mosca más en esa cocina.
Hacía rato que las escuchaba, día tras día. Y hacía rato que veía las piezas ir y venir. Quería saber qué hacían y en eso estaban, de nuevo, mis ojos. Se trataba de algo importante, tal vez más que las cosas que se dejaban ver de inmediato y que yo, a mis seis años, podía también entender. Mamá y papá, entonces, me pidieron atención. Mi hermana, al parecer, avanzaba. La otra chica sudaba. Parecía nerviosa.
–Maxi, mañana empezás la escuela.
–Sí, ma…
–¿Sabés lo que eso significa?
–Sí, ma…
La otra chica dudó en mover una pieza y la volvió a su lugar. Mi hermana la miró con ojos de rayo. La otra respiró profundo y pidió perdón, aunque no entendí por qué. Movió.
–Es una responsabilidad tuya, no nuestra. Vas a tener que estudiar.
–Sí, ma…
–… Y portarte bien. Lo que digan las maestras… ¿Me estás escuchando?
–Escuchá a tu madre, haceme el favor –dijo papá.
–Sí. Los escucho.
Las mujeres también transpiran y tienen olor, como los chicos que juegan al fútbol. Lo aprendí en ese momento: porque mi hermana movió un segundo después de que la otra moviera y la dejó blanca. La otra, entonces, pensó. Tragó saliva. Tardó un rato. Y movió. Entonces movió mi hermana. La otra respiró de nuevo y movió.
–¿Tenés la mochila preparada? –preguntó mamá.
–Sí.
–¿Entonces?
Mi hermana levantó la mano para mover.
–Jaque mate –dije, en voz alta, ni bien apoyó la pieza.
Las dos giraron su cabeza hacia mí y, efectivamente, mi hermana movió hacia la victoria.
Parecieron preocupadas por mis palabras. Mis padres también. Después pasó algo más y aquello quedó en el olvido. Y el tiempo pasó e hice todo lo contrario a lo que me pidieron que hiciera en la escuela.

2.
Nos arrancamos los bolsillos del guardapolvo y le encajé  [MEY] una en la cara. Después se acercó un hermano, y después otro. Ya eran tres contra mí y una liviana intención de ayuda por parte de un pibe que miraba, pero que seguía dejándome solo. Ahí entendí lo que me había dicho mi viejo esa vez en casa, después de pelearme con mi hermana por una discusión tonta: no aprietes los puños con las uñas largas.
Los hermanos que querían pegarme eran mis amigos, o lo habían sido. Pero no eran, de ningún modo, mis enemigos. De hecho, se odiaban entre ellos, casi, o se querían raro o no sabían quererse. Eran pobres como yo, y sabíamos que los de afuera nos hacían sentir pésimo con eso. Y, de todos modos, a la primera patada le grité al hermano que más conocía:
–¡Hijo de puta!
–¿Qué me dijiste?
–Lo que escuchaste.
Soporté lo que vino. Patadas, piñas, tirones y sacudones. Hasta que acudieron a salvarme. Nos retaron y yo acepté que había sido mi culpa. Porque no se decía eso a unos chicos que habían perdido a su madre una semana atrás.
Una maestra lo escuchó y me lo recordó, como si yo no lo supiera, y nos llevó con la directora y repitieron lo mismo, como si no me sintiera ya terrible por semejante torpeza. Yo no quería ser malo, pero lo era. Quizá el mundo pensara igual. Se acercó la maestra que nos había visto en el patio.
–Maxi…
–¿Sí, señorita?
–¿Vos dijiste eso?
–Sí, señorita. Pero no me acordaba de lo que… pasó.
–Claro, porque vos mamá tenés. Te hacía más bueno…
Me puse a llorar. Algo de bronca. Algo de impotencia. Esa clase de momento que podía evitar, que podía mejorar y que podía armar exactamente a la inversa de como había terminado. Pero ahí estaba.
–Me gustaría que reflexionaras sobre lo que dijiste –tiró esa maestra que me caía bien.
Y eso fue lo que hice. Tenía todo el fin de semana para pensar sobre la inevitabilidad de ser malo, lo que, en parte, también sucedía el fin de semana. Tal vez sobrasen los motivos. Tal vez tuviera muchas excusas. Tal vez motivos y excusas se camuflasen unos a otras.
Pero lo hecho, hecho estaba. Y eso es a cara lavada.

 

El taller de Luis Mey comienza el miércoles  9 de abril. 
Más información en info@fundaciontem.org 

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